En medio de la selva maya, a 35 minutos de Puerto Morelos, existe un lugar que no intenta imponerse al paisaje, sino dialogar con él. Se llama Glass 20.87 y no es casualidad que haya sido reconocido con la medalla de oro en la Bienal de Arquitectura del Caribe Mexicano 2020: su propuesta parte de una idea cada vez más escasa en el turismo de alto nivel —hacer del lujo una experiencia compatible con la conciencia ambiental—. Aquí, apenas el 6 por ciento del terreno ha sido intervenido; el resto permanece intacto, sin contaminación lumínica ni sonora, como un recordatorio de que todavía hay rincones donde la noche sigue siendo noche.
El proyecto se asume como un oasis de sostenibilidad y diseño. Cada estructura fue concebida sin maquinaria pesada, bajo un proceso casi artesanal, con una premisa clara: privacidad, integración artística, apoyo a la comunidad y respeto por la naturaleza. Más que un hotel, Glass 20.87 funciona como un pequeño manifiesto arquitectónico que apuesta por la coexistencia y no por la conquista del entorno.
Sus alojamientos de cristal son el corazón de la experiencia. Con líneas contemporáneas y grandes ventanales, los espacios buscan mimetizarse con la selva y convertir cada amanecer y cada atardecer en parte del mobiliario emocional del huésped. El arte también tiene un lugar protagónico: desde el mural de bienvenida del artista Farid Rueda hasta los detalles que aparecen en distintos rincones del complejo, recordando que la estética también puede ser una forma de cuidado.
A la propuesta se suma una oferta de experiencias que va del descanso a la introspección: ceremonias mayas, rituales de cacao, baños de hierbas y recorridos por cenotes cercanos. Para quienes prefieren explorar antes de llegar, el sitio cuenta incluso con una herramienta de recorrido virtual 360 que permite conocer los siete alojamientos y sus amenidades, una especie de promesa visual de lo que espera al otro lado del camino.
Glass 20.87 no se vende como un simple hospedaje, sino como una invitación a bajar el ritmo: abrir los cristales y dejar entrar la selva, encender una tina de leña bajo un cielo estrellado, recorrer en bicicleta senderos verdes o participar en rituales que reconectan con lo esencial. En tiempos donde el turismo suele confundirse con consumo acelerado, este espacio propone algo distinto: quedarse, respirar y recordar que la naturaleza no es un escenario, sino una casa compartida.
