En el asfalto hirviente de la zona norte, donde el aroma a chicharrón se mezcla con el de la ropa de paca, se erige el imperio de lo informal. El circuito que lidera Melitón Ortega, la Unión de Tianguis Y Comerciantes Ambulantes del Estado de Quintana Roo A.C., mejor conocidos como "los tianguistas verdes", es un organismo vivo que no descansa: los sábados despliega kilómetros de lonas en la Región 219 y los domingos se traslada con la misma intensidad a la 101. Estos dos puntos no son sólo motores económicos de supervivencia; son, también, el punto ciego más grande para la justicia reproductiva en Quintana Roo, aunque hay tianguis toda la semana en diversos puntos, estos dos son los más grandes de Cancún.
Mientras que en el sector hotelero el "truco" es declarar el salario mínimo y ocultar las propinas, y en el comercio formal se recurre a la ingeniería contable para simular quiebras, en espacios de informalidad como en el tianguis la estrategia es el anonimato total. Aquí, la ausencia de una nómina no es sólo una condición laboral; es el escudo perfecto para miles de deudores alimentarios.
El efectivo como arma de deslinde
El análisis desde una perspectiva de género y masculinidades sanas es ineludible: el comercio informal en Cancún ha normalizado una masculinidad que se desentiende de la provisión amparada en la opacidad del efectivo. Al no existir un rastro bancario ni una empresa que retenga el porcentaje de ley, las madres buscadoras de justicia se enfrentan a un muro de piedra entre los puestos de la 219 y la 101, así como en los otros tianguis.
"En los pasillos controlados por la unión de Melitón, un vendedor puede tener una jornada de éxito rotundo y llevarse miles de pesos en la bolsa, pero ante un juez de lo familiar, ese hombre legalmente 'no existe' o 'no tiene ingresos fijos'", comentan madres solteras, cuyos padres biológicos de sus hijos, hijas e hijes, laboran como tianguistas.
Esta realidad coloca a los tianguistas en la cima de la complejidad social. A diferencia del empleado de un resort en la Zona Hotelera —a quien se le puede intervenir el sueldo base— o del profesionista independiente que teme perder su pasaporte o ver bloqueado sus trámites, el deudor del tianguis opera en una economía de "mano en mano" que burla sistemáticamente el interés superior de las niñeces.
De la resistencia grupal a la responsabilidad individual
Desde una óptica de educación para la paz, surge una pregunta incómoda: ¿Hasta qué punto el gremio protege la supervivencia del comerciante y hasta dónde solapa la violencia económica de sus agremiados? La estructura jerárquica y de protección mutua en los tianguis parece priorizar el derecho al trabajo por encima del derecho a la alimentación de las hijas, hijos e hijes de esos mismos trabajadores.
El mensaje es claro: mientras el Registro de Deudores Alimentarios Morosos intenta avanzar con bloqueos administrativos, en el corazón de las regiones más populares de Cancún la vida sigue como si la ley no tuviera jurisdicción bajo las lonas verdes. El reto no es solo jurídico, es cultural.
El tianguis, ese espejo de la resiliencia cancunense, no puede seguir siendo el refugio donde la responsabilidad paterna se desvanece entre la multitud del fin de semana. La justicia alimentaria en el Caribe Mexicano no llegará mientras el sector más grande de la economía popular siga siendo, por omisión, el más grande santuario de la impunidad masculina.

