Hay algo más peligroso que un mal gobierno: una mala conversación pública. Y en México —y buena parte de Occidente— llevamos años sustituyendo el debate estructural por el espectáculo episódico. No es casualidad; es negocio.
Mientras en el Congreso de México se optó por reducir la jornada laboral a 40 horas sin los dos días de descanso y hasta 2030 —una transformación que impactaría directamente en la productividad, el costo laboral, la competitividad frente al T-MEC y, sobre todo, en la calidad de vida de millones de trabajadores— buena parte de los grandes medios opta por convertirla en nota de trámite, cuando no en silencio administrativo. Se informa el día que se presenta, el día que se congela y, si acaso, el día que se vota o se modifica. No hay seguimiento técnico, no hay análisis comparado con la OCDE, no hay mesas serias con empresarios y sindicatos. Hay ruido, no periodismo.
Lo mismo ocurre con los llamados “archivos” vinculados a Jeffrey Epstein. Más allá del morbo, el tema es institucional: redes de poder, tráfico de influencias, posibles delitos sexuales con menores y hasta canibalismo, complicidades políticas y empresariales. Sin embargo, la cobertura oscila entre el amarillismo conspirativo y el bostezo editorial. Se mencionan nombres, se agitan redes sociales, pero rara vez se profundiza en la dimensión estructural: ¿cómo operan las redes de protección del poder global? ¿qué mecanismos fallaron? ¿qué reformas legales se han planteado?
En el plano internacional ocurre algo similar. La devastación en Gaza se convierte en una cifra más, una imagen más, una indignación de 24 horas. La discusión sobre derecho internacional humanitario, responsabilidades estatales y el equilibrio entre seguridad y derechos humanos queda desplazada por el trending topic del día. La tragedia se administra por algoritmo.
Y mientras tanto, la actuación de U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) en operativos migratorios —con implicaciones humanitarias, diplomáticas y económicas directas para México— rara vez recibe el seguimiento sistemático que merece. No hablo de propaganda ni de activismo sin datos; hablo de periodismo: cifras verificadas, testimonios contrastados, análisis jurídico, contexto histórico. Lo mínimo indispensable.
En contraste, dedicamos horas de transmisión, columnas y debates encendidos a fenómenos virales como los “Therians”, convertidos en síntoma de decadencia cultural o en excusa para la mofa colectiva. Es más sencillo hablar de identidades extravagantes que de reformas laborales; más rentable discutir "rarezas" que explicar balanzas comerciales.
El problema no es cubrir temas ligeros. El problema es que sustituyan a los relevantes.
Los medios viven de audiencia y publicidad. La opinión pública se construye con incentivos. Y como periodista —formado en redacciones donde aún se creía que el seguimiento era una obligación moral— sé que la agenda no es neutra: lo que no se cubre, no existe políticamente.
Aquí conviene una dosis de autocrítica. No todo es conspiración ni “línea” desde el poder. También hay pereza intelectual, precarización laboral en redacciones y una peligrosa dependencia del clic inmediato. La economía de la atención premia lo efímero. El análisis profundo no siempre es viral. Pero si el periodismo renuncia a su función pedagógica, abdica de su razón de ser.
Reducir la jornada laboral no es un meme; es una decisión que puede redefinir la relación capital–trabajo en México. Las redes de poder internacional no son chisme; son arquitectura de influencia. Los conflictos armados y las políticas migratorias no son hashtags; son vidas humanas.
El periodismo serio no consiste en gritar más fuerte, sino en sostener la mirada cuando el reflector se apaga. Dar seguimiento. Hacer preguntas incómodas. Explicar lo complejo sin simplificarlo hasta la caricatura.
Si la prensa decide que lo banal es más importante que lo estructural, no sólo empobrece la conversación: debilita la democracia. Y una democracia distraída es terreno fértil para el abuso de poder, venga de la izquierda moralista o de la derecha oportunista.
Quizá la pregunta no es por qué los medios “tapan” ciertos temas. La pregunta es si estamos dispuestos —como lectores, ciudadanos y empresarios— a exigir algo mejor que entretenimiento disfrazado de información.
Porque cuando la agenda pública se llena de espuma, alguien más está escribiendo la letra pequeña. Y esa, casi siempre, termina costándonos más que cualquier trending topic.
