Cultura de paz: la contrapropuesta urgente frente a la normalización de la violencia


En un contexto donde la violencia suele asumirse como parte del paisaje cotidiano, hablar de cultura de paz no es un gesto romántico, sino una necesidad estructural. Así lo plantea el psicólogo José Loera (@psicjoseloera), quien advierte que no se trata sólo de rechazar la violencia, sino de construir activamente nuevas formas de convivencia.

Loera parte de una definición básica pero contundente: la cultura es un conjunto de normas, tradiciones, valores, actitudes y acciones que orientan la vida en sociedad. Bajo esa lógica, explica, la cultura de paz surge como una contrapropuesta que busca dar peso específico a actitudes y prácticas basadas en la no violencia.

Pero la no violencia —subraya— no puede reducirse a una postura pasiva. No basta con estar en contra de la agresión; implica promover acciones concretas para erradicarla. Es decir, se trata de impulsar acciones enfocadas en la resolución pacífica de conflictos y en la transformación de dinámicas que históricamente han legitimado distintas formas de violencia.

En síntesis, la cultura de paz propone reordenar prioridades sociales: colocar en el centro nuevos valores y actitudes que favorezcan el diálogo, la corresponsabilidad y la convivencia sana. No es un discurso abstracto, es una apuesta por modificar la base misma sobre la que se construyen nuestras relaciones cotidianas.

Másculinidades sanas y no violencia desde marcos teóricos como la Unesco

Desde el enfoque de las masculinidades sanas, la cultura de paz se entiende como un proceso consciente de transformación de los mandatos tradicionales de género que han normalizado la violencia como forma legítima de ejercer poder, autoridad o identidad masculina.

Si la cultura es el conjunto de valores, normas y prácticas que guían una sociedad, entonces una cultura de paz implica desmontar aquellos aprendizajes que asocian “ser hombre” con dominar, callar emociones, competir permanentemente o resolver conflictos a través de la imposición. Desde esta mirada, la paz no es sólo ausencia de agresión física, sino la construcción activa de relaciones basadas en respeto, corresponsabilidad, empatía y diálogo.

En términos prácticos, la cultura de paz en clave de masculinidades sanas promueve:

  • Gestión emocional responsable en lugar de represión o estallido.
  • Resolución no violenta de conflictos en la pareja, la familia y los espacios laborales.
  • Rechazo a la violencia simbólica, psicológica y económica.
  • Renuncia a privilegios que sostienen desigualdades.
  • Participación activa en la erradicación de la violencia de género.

Aquí la no violencia no es pasividad, sino acción transformadora. Implica cuestionar la idea de que la fuerza, el control o el silencio son virtudes masculinas. Supone redefinir la identidad masculina desde el cuidado, la cooperación y la responsabilidad afectiva.

En pocas palabras, desde las masculinidades sanas, la cultura de paz no es un concepto abstracto: es una práctica cotidiana que exige revisar creencias, modificar conductas y asumir que la paz también se construye desde cómo los hombres ejercen su poder —o deciden dejar de ejercerlo— en lo íntimo y en lo público.

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