Cuando la "embriaguez" de poder le baja el telón al arte


El teatro —como los tianguis de los pueblos— es un territorio de acuerdos tácitos, de confianza mínima entre quienes crean y quienes narran lo creado. Por eso la invitación a la obra de teatro 33 nos pareció un gesto generoso: no fue solicitada, fue ofrecida. Acceso a backstage, conversación cercana, la posibilidad de contar la obra desde sus entrañas. Nada extraordinario. Nada indebido. Sólo el ritual sano entre arte y prensa.

Pero los rituales, cuando se vacían de sentido, se convierten en gestos huecos. Nuestro reportero llegó puntual a la cita y se encontró con una negativa tajante, pronunciada con la seguridad que da el uniforme invisible del pequeño poder. Alguien —cuyo nombre no diré, por respeto a quien empieza y porque la falta fue de criterio, no de intención— decidió que no se podía pasar. Minutos antes, esa misma persona había sido avisada de que alguien llegaría a cubrir la obra. Más tarde supimos lo esencial: no tenía la autoridad para permitir ni negar accesos. El teatro se cerró como se cierran tantas puertas en este país: por reflejo, por miedo, por una idea diminuta de control.

Esto no se escribe desde la ardidez. Claro que molesta no entrar a un lugar al que fuiste invitado; sería hipócrita negarlo. Pero esto va más allá de un portazo circunstancial. Lo que inquieta es el síntoma. La grieta. Esa relación mal entendida entre arte y medios que se tensa, se enrarece y termina por romperse justo cuando más se necesita. Se acusa a la prensa de no difundir porque “no es redituable”, de mirar sólo lo que brilla en la capital o lo que paga pauta. Y, sin embargo, cuando la oportunidad aparece —cuando un medio llega dispuesto a contar, a amplificar— alguien se sube a un ladrillo y se marea.

He visto esta escena repetirse en festivales de pueblo y en inauguraciones de museos citadinos, en ferias comunitarias y en bienales lustrosas. La modernidad nos prometió profesionalización; a veces nos entregó trámites y jerarquías mal aprendidas. El arte se vuelve trámite, la cultura se vuelve lista de acceso, y la hospitalidad —esa tradición mexicana tan antigua como el maíz— se pierde entre pulseras y acreditaciones improvisadas. Lo paradójico es que luego nos preguntamos por qué el público no llega, por qué la conversación no prende, por qué las historias no circulan.

No se trata de convivir por convivir ni de escribir loas acríticas. La prensa cultural también falla cuando confunde cercanía con complacencia. Pero una relación adulta entre creadores, gestores y medios exige comprensión de la magnitud: una cobertura hoy puede ser una alianza mañana; una anécdota mal manejada puede sembrar desconfianza durante años. El arte no pierde dignidad por dialogar con la prensa; la gana cuando se deja mirar con honestidad.

Por eso este texto es, ante todo, un llamado de atención. A quienes están al frente del arte y la cultura en todas las ciudades de México, y en particular en Cancún, a Carlos López Jimenes, director del Instituto de la Cultura y las Artes: cuidar quiénes representan a las instituciones, observar cómo se ejerce —o se improvisa— la autoridad, y entender que el vínculo con los medios no es un favor ni una amenaza, sino una corresponsabilidad. La cultura que se encierra se marchita; la que se comparte, vive.

Con más de 15 años en el periodismo aprendí que las tradiciones sobreviven porque se narran, porque alguien las cuenta sin pedir permiso, pero con respeto. En Cancún, una noche, el teatro se cerró por un gesto mínimo. Ojalá no sea esa la metáfora que nos quede. Ojalá entendamos que abrir la puerta, a tiempo, también es un acto cultural.

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