Cada año, al acercarse el 8 de marzo, el debate público en México vuelve a encenderse alrededor de un tema que suele acaparar titulares: las pintas en monumentos, vidrios rotos o intervenciones en edificios públicos durante las marchas feministas. Mientras algunos sectores lo califican de “vandalismo”, otros lo entienden como una forma de protesta política con una larga historia en el mundo. En el centro de esa discusión está un concepto que muchas veces se menciona sin comprenderse del todo: la iconoclasia.
Detrás de esas acciones hay una lógica política, histórica y simbólica que va mucho más allá del daño material. Para entender el fenómeno —y el porqué genera tanta incomodidad— es necesario mirar su origen, su función en los movimientos sociales y el contexto de violencia que viven las mujeres en México.
¿Qué es la iconoclasia?
Un concepto histórico convertido en herramienta de protesta
La iconoclasia se refiere, en términos generales, a la destrucción o intervención de símbolos considerados representaciones de poder, autoridad o valores dominantes. Históricamente el término surgió para describir la destrucción de imágenes religiosas durante conflictos dentro del cristianismo, pero con el tiempo adquirió un sentido político más amplio.
Hoy, en el contexto de los movimientos sociales, la iconoclasia consiste en intervenir monumentos, estatuas o edificios que representan estructuras de poder que ciertos grupos consideran responsables de injusticias o violencias. En un término amplio bajo el 8M, se defenestra al patriarcado, y en una sociedad que es sistemáticamente violenta contra la mujer, el patriarcado somos todos.
Las pintas en monumentos, la colocación de consignas o incluso la ruptura de objetos simbólicos forman parte de ese lenguaje político. No buscan destruir patrimonio por sí mismo, sino cuestionar el significado de aquello que ese patrimonio representa.
¿Por qué la iconoclasia no es violencia?
Diferenciar entre daño material y violencia contra las personas
Uno de los puntos centrales del debate es la tendencia a equiparar las intervenciones simbólicas con actos de violencia. Sin embargo, desde la perspectiva de muchos estudios sobre movimientos sociales, la iconoclasia no se considera violencia en el mismo sentido que el daño a las personas.
La razón es sencilla: la violencia implica afectar la integridad física o psicológica de alguien. La iconoclasia, en cambio, se dirige hacia objetos que representan poder político, histórico o institucional.
En otras palabras, no es lo mismo romper una ventana que ejercer violencia contra una persona. El daño material puede ser reparado; la violencia contra las personas deja consecuencias mucho más profundas y, muchas veces, irreversibles.
Los “destrozos” que sí se critican… y los que se normalizan
Un doble estándar en la reacción social
Otro elemento que suele señalarse es el contraste en la reacción pública frente a distintos tipos de manifestaciones.
Cuando grupos de aficionados al fútbol destruyen mobiliario urbano tras la derrota de su equipo, los hechos suelen explicarse como “excesos” o “desbordes de la pasión deportiva”. En muchos casos la discusión mediática dura apenas unas horas.
Sin embargo, cuando las acciones ocurren durante marchas feministas, la conversación pública tiende a centrarse casi exclusivamente en los daños materiales, desplazando el foco del problema que originó la protesta.
Este doble estándar revela una pregunta incómoda: ¿por qué ciertas formas de protesta se consideran intolerables mientras otras se relativizan o se minimizan?
Qué ha logrado la iconoclasia en los movimientos sociales
Cuando los símbolos obligan a mirar lo que se quiere ignorar
La iconoclasia ha sido utilizada en distintos momentos históricos para cuestionar narrativas dominantes. La caída de estatuas de dictadores, colonizadores o figuras asociadas con sistemas de opresión ha ocurrido en múltiples países y contextos.
En el caso de las protestas feministas, estas acciones han logrado algo fundamental: colocar el tema de la violencia contra las mujeres en el centro de la conversación pública.
Las pintas en monumentos o edificios no sólo generan atención mediática, también obligan a instituciones y autoridades a responder a demandas que durante años fueron ignoradas.
Un contexto imposible de ignorar: la violencia contra las mujeres en México
Un país donde la emergencia sigue vigente
El debate sobre la iconoclasia no puede separarse del contexto en el que ocurre.
En México, distintos registros oficiales y organizaciones civiles coinciden en que alrededor de 10 mujeres son asesinadas cada día, mientras que un número similar desaparece diariamente. A esto se suman miles de casos de violencia familiar, sexual y digital.
Frente a esa realidad, muchas activistas sostienen que centrar la discusión únicamente en monumentos dañados implica ignorar la gravedad del problema que origina la protesta.
Por eso, dentro del movimiento feminista suele repetirse una frase que resume esa tensión:
“Nos preocupan más las paredes que las vidas”
8M: lo que los hombres no deberían hacer
El protagonismo no nos corresponde
Cada 8 de marzo surge también una discusión sobre el papel de los hombres en esa jornada.
Una de las primeras cosas que señalan muchas colectivas es que los hombres no deben intentar protagonizar una movilización que no les pertenece. El 8M es un espacio construido históricamente por mujeres para visibilizar sus luchas y demandas.
Eso implica evitar conductas como:
- Intentar liderar discusiones sobre la protesta.
- Descalificar las formas de expresión del movimiento.
- Exigir que las manifestaciones se ajusten a lo que resulta cómodo para los hombres.
- Intervenir en las marchas cuando se ha pedido explícitamente que sean espacios seguros para mujeres.
Lo que sí podemos hacer los hombres
La responsabilidad empieza fuera de la marcha
Si el protagonismo del 8M corresponde a las mujeres, la responsabilidad de los hombres empieza en otros espacios.
Entre las acciones más señaladas por especialistas y activistas están:
Escuchar sin intentar invalidar experiencias
Una de las prácticas más importantes es escuchar las denuncias y experiencias de violencia sin intentar relativizarlas o cuestionarlas automáticamente.
Revisar nuestras propias conductas
La reflexión sobre la forma en que se construyen las masculinidades —desde el control emocional hasta la relación con el poder o la violencia— es un paso fundamental.
Intervenir en nuestros propios círculos
Muchas violencias no ocurren en espacios públicos, sino en círculos cercanos. Señalar conductas machistas entre amigos, familiares o compañeros de trabajo puede tener un impacto real.
Participar en espacios de reflexión
Cada vez existen más grupos y proyectos dedicados a trabajar con hombres en temas de masculinidades, violencia de género y corresponsabilidad social.
El cambio cultural no ocurre sólo en las calles; también sucede en conversaciones cotidianas, en los hogares y en las comunidades.
Más allá de los monumentos
Al final, el debate sobre la iconoclasia suele revelar algo más profundo que una discusión sobre paredes pintadas o vidrios rotos.
La verdadera pregunta es por qué ciertos actos de protesta incomodan tanto cuando ponen en evidencia problemas estructurales que la sociedad ha preferido ignorar durante décadas.
Mientras la violencia contra las mujeres siga siendo una realidad cotidiana en México, es probable que las calles sigan siendo un espacio donde esa indignación encuentre formas —simbólicas, incómodas y visibles— de expresarse.
Y tal vez la conversación que realmente falta no sea sobre los monumentos, sino sobre las vidas que siguen perdiéndose cada día.
